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Episodio 4: “Para eso he venido”

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Y entraron en Capernaúm.
En cuanto comenzó el sábado,
él entró en la sinagoga
y se puso a enseñar.
La gente quedó impactada
con su manera de enseñar,
porque les enseñaba
como alguien con autoridad,
y no como los escribas.
Justo en ese momento
estaba en la sinagoga de ellos
un hombre poseído
por un espíritu maligno.
Para que se asombren.
¿Qué tenemos que ver contigo,
Jesús el Nazareno?
¿Viniste a destruirnos?
Sé perfectamente quién eres:
¡el Santo de Dios!
¡Basta!
¡Cállate
y sal de él!
Y el espíritu maligno,
después de provocarle
convulsiones al hombre
y de gritar con todas sus fuerzas,
salió de él.
Todos quedaron tan asombrados
que empezaron a debatir
el asunto entre ellos.
Pero ¿qué es esto?
¡Es una nueva forma de enseñar!
Hasta a los espíritus malignos
les da órdenes con autoridad,
y estos lo obedecen.
De modo que la fama de Jesús
enseguida se extendió
en todas direcciones,
por toda la región de Galilea.
¡Es un milagro!
Luego salieron de la sinagoga
y, junto con Santiago y Juan,
fueron a la casa de Simón y Andrés.
Y resulta que la suegra de Simón
tenía una fiebre muy alta,
y le pidieron que la ayudara.
Así que se inclinó sobre ella.
—Fiebre...
—Y reprendió a la fiebre.
… sal de ella.
Y la fiebre se le fue.
Al instante ella se levantó
y se puso a atenderlos.
Cuando se estaba poniendo el sol,
todos los que tenían enfermos,
con diferentes enfermedades,
se los llevaron a él.
Rabí.
Maestro.
¡Por favor, acércate, Rabí!
¡Maestro, ayúdanos, por favor!
Y él los curó
poniendo las manos
sobre cada uno de ellos.
Esto pasó para que se cumpliera
lo que se había dicho
por medio del profeta Isaías:
“Él mismo tomó nuestras enfermedades
y cargó con nuestras dolencias”.
También de mucha gente
salían demonios gritando:
¡Tú eres el Hijo de Dios!
Cállate y sal de él.
Pero él los reprendía
y no los dejaba hablar
porque ellos sabían
que él era el Cristo.
Temprano por la mañana,
mientras todavía estaba oscuro,
se levantó y salió;
se fue a un lugar solitario
y allí se puso a orar.
—Maestro.
—Maestro.
—Sal, por favor.
—Por favor, sal.
—Por favor, sal.
—Por favor.
Maestro.
¿Dónde está el Maestro?
¿Dónde está?
—¿Dónde está el Maestro?
—Maestro.
¡Por favor!
¿Dónde está el Maestro?
¿Dónde está el Maestro?
Por favor.
¿Dónde está?
Pero Simón y los que estaban con él
salieron a buscarlo
por todos lados,
y lo encontraron.
Todos te están buscando.
Vámonos a otra parte,
a los pueblos vecinos,
para que también predique allí,
porque para eso he venido.
Jesús fue por toda Galilea
enseñando en las sinagogas de ellos
y predicando
las buenas noticias del Reino.
Y curaba a la gente
de todo tipo de enfermedades
y todo tipo de dolencias.
Su fama se extendió
por toda Siria.
Le traían a todos los que sufrían
enfermedades y fuertes dolores,
a los endemoniados,
a los epilépticos
y a los paralíticos.
Y él los curaba.
¡Salgan de ella!
Ya eres libre.
Por eso lo seguían grandes multitudes
de Galilea y de la Decápolis,
así como de Jerusalén y Judea
y de la región al otro lado del Jordán.
¡Un leproso!
¿Qué? ¿Qué dices?
¡Leproso!
—¡Vete de aquí!
—¡Leproso!
¡No te acerques!
—¡Vete!
—¡Leproso!
—¡Fuera!
—¡Aléjate!
Un leproso se le acercó
suplicándole hasta de rodillas.
Yo sé que si tú quieres
me puedes limpiar.
Jesús se conmovió tanto
que extendió la mano
y lo tocó.
Yo quiero.
Queda limpio.
Enseguida la lepra desapareció
y él quedó limpio.
Entonces Jesús
le mandó que se fuera,
justo después de ordenarle con firmeza:
Cuidado con decirle nada a nadie.
Eso sí, vete a presentarte
ante el sacerdote
y lleva por tu purificación
las cosas que Moisés indicó,
para que les sirva de testimonio.
Pero, después de irse,
el hombre se puso a proclamar
lo que había pasado
y a divulgarlo por todas partes.
Así que Jesús ya no podía
entrar libremente en ninguna ciudad.
Se quedaba a las afueras,
en lugares retirados,
y aun así la gente seguía viniendo
de todos lados a verlo.
Él, por su parte,
a menudo se iba a orar
a lugares retirados.
Algunos días más tarde,
Jesús volvió a entrar
en Capernaúm,
y corrió la voz
de que estaba en casa.
Así que muchos
se juntaron allí,
tantos que no cabía ni uno más,
ni siquiera a la entrada.
Y él se puso a predicarles el mensaje.
Entonces le trajeron a un paralítico,
al que cargaban
entre cuatro hombres.
Pero, como había allí una multitud,
no pudieron entrar con él
hasta donde estaba Jesús.
De verdad les aseguro
que viene la hora
—de hecho, ha llegado ya—
en que los muertos
oirán la voz del Hijo de…,
oirán la voz…
Así que quitaron parte del techo
justo encima de él,
hicieron una abertura
y bajaron la camilla
en la que estaba acostado el paralítico.
Suéltenlo.
Cuando Jesús vio
la fe que tenían,
le dijo al paralítico:
Hijo,
tus pecados quedan perdonados.
Ahora bien, estaban sentados allí
algunos escribas
que razonaban en su corazón:
¿Por qué habla así este hombre?
Está blasfemando.
¿Quién puede perdonar pecados
aparte de Dios?
Jesús,
que enseguida se dio cuenta
de que estaban razonando
de ese modo entre ellos,
les dijo:
¿Por qué están razonando eso
en su corazón?
¿Qué es más fácil?
¿Decirle al paralítico “tus pecados
quedan perdonados”,
o decirle “levántate,
recoge tu camilla y anda”?
Pero para que vean
que el Hijo del Hombre
tiene autoridad para perdonar
pecados en la tierra...
Yo te digo:
levántate,
recoge tu camilla
y vete a tu casa.
Al instante,
y delante de todos,
el hombre se levantó,
recogió su camilla
y salió caminando.
Todos quedaron asombrados
y glorificaron a Dios,
y decían:
“Nunca hemos visto algo así”.
Una vez más,
Jesús se fue a la orilla del mar.
Toda la multitud venía a verlo,
y él les enseñaba.
Luego, al irse de allí,
Jesús vio a un hombre
llamado Mateo
sentado en la oficina
de los impuestos,
y le dijo:
Sé mi seguidor.
Enseguida Mateo se levantó
y lo siguió.
Más tarde, Jesús y sus discípulos
estuvieron comiendo en su casa.
También estuvieron con ellos en la comida
muchos cobradores de impuestos
y pecadores.
Y es que muchos de ellos lo seguían.
Pero los escribas
que eran fariseos,
al ver que Jesús comía con pecadores
y cobradores de impuestos,
se pusieron a decirles
a los discípulos de él:
¿Él come con cobradores de impuestos
y pecadores?
Los que están fuertes
no necesitan un médico,
pero los enfermos sí.
Así que vayan y aprendan
lo que significan estas palabras:
“Lo que quiero es compasión,
no sacrificios”.
No he venido a llamar a justos,
sino a pecadores,
para que se arrepientan.
Entonces se le acercaron
los discípulos de Juan
y le preguntaron:
¿Por qué nosotros y los fariseos
tenemos la costumbre de ayunar
pero tus discípulos no?
Cuando hay una boda,
los amigos del novio
no tienen por qué estar de duelo
mientras el novio está con ellos,
¿verdad?
El que tiene a la novia es el novio.
Pero el amigo del novio,
cuando está cerca de él
y lo escucha,
se siente inmensamente feliz
al poder oír la voz del novio.
Pero llegará el día
en que les quitarán al novio,
y entonces sí ayunarán.
Nadie cose un parche
de tela nueva
en un manto viejo,
porque la tela nueva,
al encogerse,
tira de la prenda vieja
y la rotura se hace mayor.
Ni nadie pone vino nuevo
en odres viejos.
Si esto se hiciera,
el cuero reventaría
y el vino se derramaría,
y los odres ya no servirían para nada.
La gente pone el vino nuevo
en odres nuevos,
así se conservan las dos cosas.
Después de beber vino añejo,
nadie quiere del nuevo,
porque dice:
“El añejo es bueno”.
Así que siguió predicando
por las sinagogas de Judea.
Después de esto
hubo una fiesta de los judíos,
y Jesús subió a Jerusalén.
Ahora bien, en Jerusalén,
junto a la Puerta de las Ovejas,
hay un estanque
llamado en hebreo Betzata,
que tiene cinco pórticos.
En ese lugar
estaba recostada
una multitud de enfermos,
ciegos, cojos
y personas que tenían
extremidades atrofiadas.
Y había allí un hombre
que llevaba 38 años enfermo.
Al ver a este hombre
allí acostado,
y sabiendo que llevaba enfermo
mucho tiempo,
Jesús le preguntó:
¿Te gustaría ponerte bien?
Señor, no tengo a nadie
que me meta en el estanque
cuando el agua se agita.
Además,
cada vez que voy a entrar,
alguien se me adelanta
y baja antes que yo.
¡Levántate!
Recoge tu camilla y camina.
Y el hombre enseguida se puso bien,
recogió su camilla
y comenzó a caminar.
Aquel día era sábado.
Así que los judíos
se pusieron a decirle al hombre
que había sido curado:
Hoy es sábado.
No te está permitido
cargar la camilla.
El hombre que me curó me dijo
“Recoge tu camilla y camina”.
¿Quién es el hombre que te dijo
“Recógela y camina”?
Pero el hombre
que había sido curado
no lo sabía,
porque Jesús
había desaparecido
entre la multitud
que estaba allí.
Después de esto,
Jesús lo encontró en el templo
y le dijo:
Mira, te has curado.
Ya no peques más,
no sea que te pase algo peor.
El hombre se fue
y les dijo a los judíos que era Jesús
el que lo había curado.
Por eso los judíos
perseguían a Jesús,
porque hacía estas cosas en sábado.
Mi Padre hasta ahora
sigue trabajando,
y yo también.
A raíz de eso,
los judíos se esforzaron
todavía más por matarlo,
porque, además
de no respetar el sábado,
llamaba a Dios su Padre,
haciéndose igual a Dios.
De verdad les aseguro
que el Hijo no puede hacer
ni una sola cosa por su cuenta,
solo hace lo que le ve hacer al Padre.
Porque todas las cosas
que hace el Padre,
el Hijo también las hace
de la misma manera.
Porque el Padre quiere al Hijo
y le enseña todas las cosas
que él mismo hace,
y le enseñará obras
más grandes que estas
para que ustedes
se queden asombrados.
Porque, al igual que el Padre
resucita a los muertos y les da vida,
el Hijo también le da vida
a quien él quiere dársela.
Porque el Padre no juzga a nadie,
sino que le ha confiado
la labor de juzgar
al Hijo,
para que todos honren al Hijo
así como honran al Padre.
El que no honra al Hijo
no honra al Padre, que lo envió.
De verdad les aseguro
que el que oye mis palabras
y cree en el que me envió
tiene vida eterna
y no será juzgado,
sino que ha pasado de la muerte
a la vida.
De verdad les aseguro
que viene la hora
—de hecho, ha llegado ya—
en que los muertos
oirán la voz del Hijo de Dios,
y los que hayan hecho caso vivirán.
Porque, tal como el Padre
tiene vida en sí mismo,
también le ha concedido al Hijo
tener vida en sí mismo.
Y le ha dado autoridad para juzgar,
porque él es el Hijo del Hombre.
No se asombren de esto,
porque viene la hora
en que todos los que están en las tumbas
oirán su voz y saldrán:
los que hicieron cosas buenas,
para una resurrección de vida,
y los que hicieron cosas malas,
para una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer
ni una sola cosa por mi cuenta.
Juzgo de acuerdo
con lo que oigo,
y mi juicio es justo,
porque no busco hacer mi voluntad,
sino la voluntad
del que me envió.
Si solo yo diera
testimonio a mi favor,
mi testimonio
no sería verdadero.
Pero hay otro que da
testimonio a mi favor,
y sé que el testimonio
que él da acerca de mí
es verdadero.
Le enviaron mensajeros a Juan,
y él ha dado testimonio de la verdad.
Ahora bien, yo no acepto
el testimonio de ningún hombre,
pero digo estas cosas
para que ustedes se salven.
Ese hombre
era una lámpara
que ardía y brillaba,
y ustedes por un poco de tiempo
estuvieron dispuestos
a alegrarse muchísimo con su luz.
Pero mi testimonio
tiene más peso que el de Juan,
porque las obras que mi Padre
me mandó a hacer,
estas obras que yo hago,
confirman que el Padre me envió.
Y el Padre, que me envió,
es quien ha dado testimonio
acerca de mí.
Ustedes nunca han oído su voz
ni han visto su aspecto,
y su palabra no reside en ustedes
porque no creen al que él envió.
Ustedes estudian
con mucho cuidado las Escrituras
porque piensan
que por medio de ellas
tendrán vida eterna;
y son estas mismas
las que dan testimonio
acerca de mí.
Aun así, ustedes
no quieren acudir a mí
para tener vida.
Yo no acepto las alabanzas de la gente.
Pero sé muy bien
que en ustedes
no hay amor a Dios.
Yo he venido
en nombre de mi Padre
y ustedes no me reciben.
Si viniera otro
en su propio nombre,
a ese sí lo recibirían.
¿Cómo van a creerme ustedes,
que aceptan alabanzas unos de otros
en vez de buscar la aprobación
del único Dios?
No piensen que yo los voy a acusar
delante del Padre.
El que los acusa a ustedes
es Moisés,
en quien ponen su esperanza.
En realidad,
si le creyeran a Moisés,
me creerían a mí,
porque él escribió sobre mí.
Pero, si no creen
en sus escritos,
¿cómo van a creer
lo que digo yo?
Ahora bien,
él iba cruzando en sábado
los campos de cereales,
y sus discípulos
comenzaron a arrancar
algunas espigas
mientras caminaban.
¡Mira eso!
¿Por qué están haciendo
lo que no está permitido
hacer en sábado?
¿Es que nunca han leído
lo que hizo David
cuando se vio en necesidad
y él y sus hombres
tuvieron hambre?
En el relato acerca
del sacerdote principal Abiatar,
cuando David entró
en la casa de Dios,
comió de los panes
de la presentación.
Y nadie puede comer de ese pan
excepto los sacerdotes.
Y David también los compartió
con sus hombres.
Además,
¿no leyeron en la Ley
que los sábados
los sacerdotes en el templo
no respetan el sábado
y no por eso son culpables?
Pues yo les digo que tienen aquí
algo más importante que el templo.
Si hubieran entendido
qué significan las palabras
“Lo que quiero es compasión,
no sacrificios”,
no habrían condenado
a los que no son culpables.
El sábado se hizo para la gente,
y no la gente para el sábado.
Así que el Hijo del Hombre
es Señor hasta del sábado.
Otro sábado entró en la sinagoga
y se puso a enseñar.
Y había allí un hombre
que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos
no le quitaban
los ojos de encima a Jesús
para ver si curaba en sábado.
¿Está permitido
curar a alguien en sábado?
Y así encontrar
un motivo para acusarlo.
Entonces Jesús le pidió al hombre
que tenía la mano paralizada:
Levántate
y ven aquí al centro.
¿Qué está permitido
hacer en sábado?
¿Hacer el bien,
o hacer daño?
¿Salvar una vida,
o quitarla?
Pero ellos se quedaron callados.
Si tienen una oveja
y esta se cae en un hoyo en sábado,
¿quién de ustedes
no agarraría esa oveja
y la sacaría de ahí?
¡Un hombre vale mucho más
que una oveja!
De modo que está permitido
hacer algo bueno en sábado.
Extiende la mano.
Cuando él la extendió,
la mano se le recuperó
y quedó sana como la otra.
Entonces los fariseos
salieron de allí
y de inmediato
empezaron a reunirse
con los miembros
del partido de Herodes
para planear la muerte de Jesús.
Pero Jesús se dirigió al mar
con sus discípulos,
y una gran multitud
de Galilea y de Judea
lo siguió.
Hasta de Jerusalén,
de Idumea,
del otro lado del Jordán
y de los alrededores
de Tiro y Sidón
llegó una gran multitud,
pues habían oído
todo lo que él hacía.
Así que él les pidió
a sus discípulos
que le tuvieran lista
una pequeña barca
para evitar que la multitud lo apretara.
Y es que,
como había curado a tantos,
todos los que tenían
enfermedades graves
se le echaban encima para tocarlo.
Hasta los espíritus malignos
caían a sus pies
cuando lo veían,
y gritaban:
“¡Tú eres el Hijo de Dios!”.
Pero una y otra vez
Jesús les ordenaba
con firmeza
que no le dijeran a nadie
quién era él.
Así se cumplió
lo que se había dicho
por medio del profeta Isaías:
“Miren,
este es mi siervo,
a quien elegí;
mi amado,
quien tiene mi aprobación.
Pondré mi espíritu sobre él,
y él les aclarará a las naciones
lo que es la justicia.
No discutirá ni gritará.
Y nadie oirá su voz
en las calles principales.
No romperá la caña
que está quebrada
ni apagará la mecha
que apenas arde,
hasta que haga
triunfar la justicia.
Realmente,
las naciones pondrán su esperanza
en el nombre de él”.
Uno de esos días,
él se fue a la montaña a orar
y estuvo toda la noche
orándole a Dios.
Cuando se hizo de día,
llamó a sus discípulos
y eligió a 12 de ellos,
a los que llamó apóstoles.
En el grupo de 12 que formó
estaban Simón
(a quien también llamó Pedro),
Santiago hijo de Zebedeo
y su hermano Juan
(a quienes también llamó Boanerges,
que significa “hijos del trueno”),
Andrés,
Felipe,
Bartolomé,
Mateo,
Tomás,
Santiago hijo de Alfeo,
Tadeo,
Simón el Cananita
y Judas Iscariote
(el que más tarde lo traicionó).