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Episodio 6: “¿Eres tú el que tiene que venir?”

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Después de haberle dicho al pueblo
lo que tenía que decirle,
entró en Capernaúm.
Ahora bien,
había un oficial del ejército
que tenía un esclavo
al que apreciaba mucho
y que estaba muy enfermo,
a punto de morir.
Cuando oyó hablar de Jesús,
mandó a algunos ancianos de los judíos
a pedirle que viniera
a curar a su esclavo.
Ellos fueron adonde estaba Jesús
y se pusieron a suplicarle
con insistencia.
Este hombre se merece
que le hagas ese favor,
porque ama a nuestra nación
y él fue quien nos construyó
la sinagoga.
Así que Jesús se fue con ellos.
Pero, cuando ya estaba cerca de la casa,
el oficial del ejército
envió a unos amigos a decirle:
Señor, no te molestes en venir,
porque no merezco
que entres bajo mi techo.
Tampoco me consideré
digno de presentarme ante ti.
Pero da la orden
y mi siervo se curará.
Porque yo también obedezco órdenes
y doy órdenes a los soldados
que están bajo mi mando.
A uno le digo ‘¡Vete!’ y se va,
y a otro le digo ‘¡Ven!’ y viene,
y a mi esclavo le digo
‘¡Haz esto!’
y lo hace.
Al oír eso,
Jesús se quedó asombrado
y les dijo a los que lo seguían:
Les aseguro que
no he encontrado a nadie en Israel
que tenga una fe tan grande.
Les digo
que muchos vendrán del este y del oeste
y se sentarán a la mesa
con Abrahán, Isaac y Jacob
en el Reino de los cielos,
mientras que los hijos del Reino
serán echados afuera, a la oscuridad.
Ahí es donde llorarán
y apretarán los dientes.
Ve y dile: “Que lo que pediste se cumpla
de acuerdo con la fe que demostraste”.
¡Señor!
Y en ese momento
su siervo se curó.
Cuando los enviados
regresaron a la casa,
encontraron al esclavo
bien de salud.
Poco después de esto,
viajó a una ciudad llamada Naín,
y sus discípulos y una gran multitud
viajaban con él.
Al acercarse a la puerta de la ciudad,
resulta que estaban sacando
a un muerto,
el único hijo de una mujer.
Además, ella era viuda.
También iba con ella una multitud
bastante grande de la ciudad.
Cuando el Señor vio a la mujer,
se conmovió profundamente.
No llores más.
Enseguida se acercó
y tocó la camilla funeraria,
y los que la llevaban se detuvieron.
Joven, a ti te digo: ¡levántate!
El muerto se sentó y empezó a hablar.
¿Qué pasó?
¡Mi hijo!
¡Mi hijo!
¡Mi hijo, mi hijo!
¡Mi hijo!
¡Estás vivo, hijo!
Y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos se quedaron muy impresionados
y empezaron a glorificar a Dios
diciendo:
“Un gran profeta ha surgido
entre nosotros”,
y “Dios se ha acordado de su pueblo”.
Y estas noticias acerca de él
se extendieron por toda Judea
y por toda aquella región.
Entonces los discípulos de Juan
le contaron a este todas estas cosas.
De modo que Juan mandó llamar
a dos de sus discípulos
y los envió a preguntarle al Señor:
¿Eres tú el que tiene que venir,
o tenemos que esperar a otro?
Cuando llegaron adonde estaba Jesús,
los hombres le dijeron:
Juan el Bautista nos envió a preguntarte
si eres tú el que tiene que venir
o si tenemos que esperar a otro.
En ese momento,
él curó a muchas personas
de enfermedades,
de dolencias graves
y de espíritus malvados,
y les concedió la vista
a muchos ciegos.
Vayan y cuéntenle a Juan
lo que han visto y oído:
ahora los ciegos ven,
los lisiados caminan,
los leprosos quedan limpios,
los sordos oyen,
los muertos son resucitados
y a los pobres se les anuncian
las buenas noticias.
Feliz el que no tropieza por mi causa.
Cuando los mensajeros de Juan
se habían ido,
Jesús se puso a hablarles
a las multitudes acerca de Juan.
¿Qué salieron a ver en el desierto?
¿Una caña sacudida por el viento?
Entonces, ¿qué salieron a ver?
¿A un hombre vestido con ropa fina?
¡Si los que llevan ropa espléndida
y viven rodeados de lujo
están en casas de reyes!
Pero, entonces,
¿qué salieron a ver?
¿A un profeta?
Les digo que sí,
y mucho más que un profeta.
Es aquel de quien está escrito:
“¡Mira! Voy a enviar a mi mensajero
delante de ti,
y él irá delante de ti
preparándote el camino”.
¡Miren, el Cordero de Dios!
Les digo que entre los seres humanos
no hay nadie mayor que Juan.
Sin embargo,
el que es menor en el Reino de Dios
es mayor que él.
Desde los días de Juan el Bautista,
el Reino de los cielos es la meta
hacia la que la gente avanza
con empeño.
Y los que avanzan con empeño
logran alcanzarlo.
Porque, hasta la llegada de Juan,
tanto los Profetas como la Ley
profetizaron lo que pasaría.
Quieran aceptarlo o no,
él es el “Elías que tenía que venir”.
El que tenga oídos,
que escuche con atención.
Cuando todo el pueblo y los cobradores
de impuestos oyeron esto,
declararon que Dios es justo,
pues habían sido bautizados
con el bautismo de Juan.
Pero los fariseos
y los expertos en la Ley,
al no haber aceptado
que él los bautizara,
despreciaron la dirección
que Dios les había dado.
¿Con quién compararé
a esta generación?
Es como los niños que están sentados
en las plazas de mercado
y les gritan a sus compañeros de juegos:
“Les tocamos la flauta,
pero ustedes no bailaron;
les cantamos canciones de duelo,
pero ustedes no se golpearon
el pecho de tristeza”.
Porque llegó Juan sin comer ni beber
y la gente dice: “Tiene un demonio”.
Y llegó el Hijo del Hombre,
que sí come y bebe,
y la gente dice: “¡Miren!
Un glotón
y un bebedor de vino,
que es amigo
de cobradores de impuestos y pecadores”.
En cualquier caso,
la sabiduría queda demostrada
por sus resultados.
Entonces, empezó a reprender
a las ciudades donde había hecho
la mayoría de sus milagros,
porque no se habían arrepentido:
¡Ay de ti, Corazín!
¡Ay de ti, Betsaida!
Porque, si los milagros
que se hicieron en ustedes
se hubieran hecho en Tiro y en Sidón,
hace tiempo que se habrían arrepentido
con tela de saco y ceniza.
Les digo
que el Día del Juicio
les será más soportable a Tiro y a Sidón
que a ustedes.
Y tú, Capernaúm,
¿acaso vas a ser elevada hasta el cielo?
Bajarás hasta la Tumba.
Porque, si los milagros
que se hicieron en ti
se hubieran hecho en Sodoma,
esa ciudad todavía existiría.
Te digo
que el Día del Juicio le será
más soportable a la tierra de Sodoma
que a ti.
Te alabo públicamente, Padre,
Señor del cielo y la tierra,
porque has escondido estas cosas
de los intelectuales y sabios,
y se las has revelado
a los niños pequeños.
Sí, Padre mío,
porque te ha parecido bien hacerlo así.
Mi Padre
me ha entregado todas las cosas.
Nadie conoce realmente al Hijo
excepto el Padre.
Y nadie conoce realmente al Padre
excepto el Hijo
y todo aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar.
Vengan a mí,
todos ustedes, que trabajan duro
y están sobrecargados,
y yo los aliviaré.
Pónganse bajo mi yugo
y aprendan de mí,
porque soy apacible
y humilde de corazón.
Conmigo encontrarán alivio.
Porque mi yugo es fácil de llevar
y mi carga pesa poco.
Ahora bien,
uno de los fariseos insistía
en invitarlo a comer con él.
Así que Jesús entró
en la casa del fariseo
y se sentó a la mesa.
Y sucedió que una mujer que era conocida
en la ciudad como pecadora
se enteró de que él
estaba comiendo en casa del fariseo
y trajo un frasco de alabastro
lleno de aceite perfumado.
Se puso detrás de él,
llorando junto a sus pies,
y comenzó a mojárselos con sus lágrimas
y a secárselos con su cabello.
También le besaba los pies tiernamente,
y derramó el aceite perfumado
sobre ellos.
Al ver esto,
el fariseo que lo había invitado
se dijo a sí mismo:
Si este hombre
fuera realmente un profeta,
sabría quién lo está tocando;
sabría qué clase de mujer es:
una pecadora.
Simón,
tengo algo que decirte.
¡Dime, Maestro!
Dos hombres
le debían dinero a un prestamista;
uno le debía 500 denarios,
y el otro, 50.
Como no tenían con qué pagarle,
los perdonó generosamente a los dos.
Entonces,
¿cuál de ellos lo amará más?
Supongo que el hombre
al que le perdonó más.
Contestaste bien.
¿Ves a esta mujer?
Entré en tu casa
y no me diste agua para los pies,
pero esta mujer me ha mojado
los pies con sus lágrimas
y me los ha secado con su cabello.
No me diste un beso,
pero esta mujer,
desde el momento en que entré,
no ha dejado de besarme
los pies tiernamente.
No me pusiste aceite en la cabeza,
pero esta mujer
derramó aceite perfumado
sobre mis pies.
Por esta razón
te digo
que los pecados de ella,
aunque son muchos,
quedan perdonados,
porque amó mucho.
Pero, a quien se le perdona poco,
ese ama poco.
Tus pecados quedan perdonados.
¿Quién es este hombre
que hasta perdona pecados?
Tu fe te ha salvado.
Vete en paz.
Poco después,
él fue de ciudad en ciudad
y de aldea en aldea
predicando y anunciando
las buenas noticias del Reino de Dios.
Con él iban los Doce,
así como ciertas mujeres
que habían sido curadas
de espíritus malvados y de enfermedades:
María, a quien llamaban Magdalena
—de quien habían salido siete demonios—,
Juana la esposa de Cuza
—el encargado de la casa de Herodes—,
Susana
y muchas otras mujeres
que usaban sus bienes para atenderlos.
Después Jesús entró en una casa,
y una vez más se reunió tal multitud
que ellos ni siquiera podían comer.
Entonces le trajeron a un endemoniado
que estaba ciego y mudo.
Y Jesús lo curó,
de manera que el mudo
pudo hablar y ver.
Todas las multitudes
quedaron impactadas.
¿No será este el Hijo de David?
Este expulsa a los demonios
por medio de Belcebú,
el gobernante de los demonios.
Sabiendo lo que pensaban,
él les dijo:
Todo reino dividido internamente
va a la ruina
y ninguna ciudad o familia dividida
internamente se mantendrá en pie.
De la misma manera,
si Satanás expulsa a Satanás,
está dividido internamente.
¿Cómo podrá su reino seguir en pie?
Además,
si yo expulso a los demonios
por medio de Belcebú,
¿por medio de quién los expulsan
los hijos de ustedes?
Por eso ellos mismos
los juzgarán a ustedes.
Pero, si yo expulso a los demonios
por medio del espíritu de Dios,
es que el Reino de Dios los ha tomado
a ustedes desprevenidos.
Además, si alguien quiere
invadir la casa de un hombre fuerte
y robarle sus cosas,
primero tiene que atar al hombre,
¿no les parece?
Solo entonces le podrá saquear la casa.
El que no está conmigo
está contra mí,
y el que no recoge conmigo
desparrama.
Por eso les digo
que a los hombres se les perdonará
todo tipo de pecado y blasfemia,
pero la blasfemia contra el espíritu
no se les perdonará.
Por ejemplo,
al que diga algo
contra el Hijo del Hombre,
su pecado se le perdonará;
pero al que hable
contra el espíritu santo
no se le perdonará,
no, ni en este sistema
ni en el que va a venir.
O hacen que sea un árbol bueno
y su fruto bueno,
o hacen que sea un árbol podrido
y su fruto podrido.
Porque el árbol se conoce por su fruto.
Crías de víboras,
¿cómo pueden hablar cosas buenas
si son malos?
Porque la boca habla
de lo que abunda en el corazón.
La persona buena
saca cosas buenas
de su tesoro de bondad;
mientras que la persona mala saca
cosas malas de su tesoro de maldad.
Les digo que en el Día del Juicio
la gente tendrá que dar cuenta
de cualquier cosa inútil que diga.
Porque por tus palabras
serás declarado justo
y por tus palabras serás condenado.
Maestro,
queremos que nos des una señal.
Esta generación infiel y malvada
siempre anda buscando una señal.
Pero no se le dará ninguna
excepto la señal de Jonás el profeta.
Porque, así como Jonás
estuvo en el vientre del gran pez
tres días y tres noches,
el Hijo del Hombre
estará en el corazón de la tierra
tres días y tres noches.
En el juicio,
los habitantes de Nínive se levantarán
con esta generación y la condenarán.
Porque ellos se arrepintieron
al escuchar lo que Jonás predicó.
Pero, fíjense,
aquí tienen a alguien
que es más que Jonás.
Y, en el juicio,
la reina del sur se levantará
con esta generación y la condenará.
Porque ella vino
desde el último rincón de la tierra
para oír la sabiduría de Salomón.
Pero, fíjense,
aquí tienen a alguien
que es más que Salomón.
Cuando un espíritu maligno
sale de una persona,
pasa por lugares resecos
buscando un sitio donde descansar,
pero no lo encuentra.
Entonces dice:
“Volveré a mi casa, de la que me fui”.
Y al llegar la encuentra
desocupada,
barrida y decorada.
Entonces se va
y lleva a otros siete espíritus
todavía peores que él
y, después de meterse dentro,
se quedan allí.
Y la situación final de la persona
resulta peor que la primera.
Eso es lo que le pasará
a esta generación malvada.
Cuando su familia se enteró
de lo que estaba pasando,
fueron a buscarlo para llevárselo,
pues decían: “Se ha vuelto loco”.
Mira, tu madre y tus hermanos
están de pie afuera
y quieren hablar contigo.
¿Quién es mi madre,
y quiénes son mis hermanos?
¡Mira!
¡Estos son mi madre y mis hermanos!
Porque todo el que hace la voluntad
de mi Padre que está en el cielo
es mi hermano
y mi hermana
y mi madre.
Aquel día,
Jesús salió de la casa
y se sentó a la orilla del mar.
Y las multitudes que llegaron
eran tan grandes
que él se subió a una barca y se sentó,
mientras toda la multitud
estaba de pie en la playa.
Entonces les enseñó muchas cosas
usando comparaciones.
¡Escuchen!
Un sembrador salió a sembrar.
Y, al ir sembrando,
algunas semillas
cayeron junto al camino,
y vinieron las aves y se las comieron.
Otras cayeron en terreno rocoso,
donde había poca tierra,
y brotaron enseguida
porque la tierra no tenía profundidad.
Pero, cuando salió el sol,
las plantas se quemaron
y se marchitaron
porque tenían pocas raíces.
Otras cayeron entre espinos,
y los espinos crecieron y las ahogaron.
Y otras cayeron en la tierra buena
y empezaron a dar fruto:
unas dieron 100 veces más
de lo que se había sembrado;
otras 60,
y otras 30.
El que tenga oídos,
que escuche con atención.
De modo que los discípulos
se acercaron y le preguntaron:
¿Por qué les hablas
usando comparaciones?
A ustedes se les concede entender
los secretos sagrados
del Reino de los cielos,
pero a ellos no.
Porque al que tiene se le dará más,
y tendrá en abundancia;
pero al que no tiene
se le quitará hasta lo que tiene.
Por eso les hablo a ellos
usando comparaciones.
Aunque ven, en realidad no ven
y, aunque oyen, no oyen
ni tampoco comprenden nada.
En ellos se cumple
esta profecía de Isaías:
“Ustedes van a oír,
pero jamás van a comprender.
Van a mirar, pero jamás van a ver.
Porque el corazón de este pueblo
se ha hecho insensible.
Se han tapado los oídos
y han cerrado los ojos,
para que nunca vean con los ojos
ni oigan con los oídos
ni comprendan con el corazón
ni regresen a Dios y yo los sane”.
Sin embargo,
felices los ojos de ustedes, que ven,
y sus oídos, que oyen.
Porque les aseguro
que muchos profetas y personas justas
desearon ver las cosas
que ustedes están observando,
pero no las vieron,
y oír las cosas
que ustedes están oyendo,
pero no las oyeron.
Así que ahora escuchen lo que significa
el ejemplo del sembrador.
Cuando alguien oye la palabra del Reino
pero no la comprende,
el Maligno viene y arranca
lo que se sembró en su corazón.
Esta es la semilla
que se sembró junto al camino.
La semilla que se sembró
en terreno rocoso
es el que oye la palabra
y enseguida la acepta con alegría.
Pero no tiene
raíces profundas en su interior
y solo sigue adelante por un tiempo.
Cuando surgen dificultades
o persecución por causa de la palabra,
enseguida tropieza.
La semilla que se sembró
entre los espinos
es el que oye la palabra
pero deja que las preocupaciones
de este sistema
y el poder engañoso de las riquezas
la ahoguen,
y por eso la palabra no da fruto.
Y la semilla que se sembró
en la tierra buena
son los que oyen la palabra
y comprenden su significado.
Estos sí dan fruto.
Unos producen 100 veces más;
otros 60,
y otros 30.
El Reino de los cielos
puede compararse a un hombre
que sembró en su campo buena semilla.
Mientras los hombres dormían,
vino su enemigo,
sembró mala hierba entre el trigo
y se fue.
Cuando los tallos brotaron
y aparecieron las espigas,
también apareció la mala hierba.
Así que los esclavos del señor
de la casa vinieron y le dijeron:
“Amo, ¿no sembraste buena semilla
en tu campo?
Entonces, ¿por qué hay mala hierba?”.
Él les dijo:
“Esto lo hizo un hombre, un enemigo”.
Los esclavos le preguntaron:
“¿Quieres que vayamos
y la arranquemos?”.
Él respondió: “No,
no sea que al arrancar la mala hierba
arranquen también el trigo.
Dejen que crezcan juntos
hasta la cosecha,
y en la temporada de la cosecha
les diré a los cosechadores
que primero arranquen la mala hierba
y la aten en manojos para quemarla
y que luego recojan el trigo
y lo guarden en mi granero”.
El Reino de los cielos
es como un grano de mostaza
que un hombre tomó
y sembró en su campo.
Esta semilla es, sin duda,
la más pequeña de todas las semillas,
pero cuando crece es la más grande
de todas las plantas de huerto
y se convierte en un árbol,
y así las aves del cielo
vienen a refugiarse entre sus ramas.
El Reino de los cielos
es como la levadura
que una mujer tomó y mezcló
con tres grandes medidas de harina.
Al final, toda la masa fermentó.
Jesús les dijo todas estas cosas
a las multitudes usando comparaciones.
De hecho,
nunca les hablaba
sin utilizar alguna comparación.
Así se cumplió
lo que se había anunciado
por medio del profeta, que dijo:
“Abriré mi boca usando comparaciones;
proclamaré cosas que han estado
escondidas desde la fundación”.
Luego, después de despedir
a las multitudes,
entró en la casa.
Sus discípulos se le acercaron
y le dijeron:
Explícanos el ejemplo
de la mala hierba en el campo.
El sembrador de la buena semilla
es el Hijo del Hombre.
El campo es el mundo.
La buena semilla
son los hijos del Reino.
La mala hierba
son los hijos del Maligno
y el enemigo que la sembró
es el Diablo.
La cosecha
es la conclusión de un sistema
y los cosechadores son los ángeles.
De manera que,
así como se arranca la mala hierba
y se quema en el fuego,
así pasará en la conclusión del sistema.
El Hijo del Hombre
enviará a sus ángeles,
y ellos sacarán de su Reino
todas las cosas que llevan al pecado
y a las personas que violan la ley,
y las arrojarán en el horno de fuego.
Ahí es donde llorarán
y apretarán los dientes.
En ese tiempo, los justos
brillarán en el Reino de su Padre
tanto como el sol.
El que tenga oídos,
que escuche con atención.
El Reino de los cielos es como un tesoro
que estaba escondido en un campo
y que un hombre encontró.
El hombre lo volvió a esconder
y, de la alegría que le dio,
fue y vendió todo lo que tenía
y compró ese campo.
El Reino de los cielos
también es como un comerciante viajero
que buscaba perlas finas.
Al encontrar una perla muy valiosa,
se fue y enseguida vendió
todas las cosas que tenía y la compró.
El Reino de los cielos
también es como una red de pesca
que bajaron al mar
y recogió peces de todo tipo.
Cuando se llenó,
la arrastraron hasta la playa,
se sentaron y pusieron
los peces buenos en recipientes,
pero los que no servían los desecharon.
Eso es lo que pasará
en la conclusión del sistema.
Los ángeles saldrán,
separarán a los malvados de los justos
y los echarán en el horno de fuego.
Ahí es donde llorarán
y apretarán los dientes.
¿Comprendieron el sentido de todo esto?
— Sí.
— Sí.
Sí.
En ese caso, sepan esto:
todo maestro que ha sido instruido
acerca del Reino de los cielos
es como un hombre,
el señor de la casa,
que saca de su tesoro cosas nuevas
y cosas viejas.
Después de ponerles estas comparaciones,
Jesús se fue de allí.