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Maria Kaloyanoff: Obedezco a Dios como gobernante

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Mi mamá nació en Bulgaria en 1922
y, a principios de los años cincuenta,
mi familia emigró de Alemania
a Estados Unidos.
Nos quedamos
a vivir en Nueva York,
y ahí fue donde mi mamá
conoció la verdad.
Esa fue la primera vez
que abrí una biblia.
La abrí en Apocalipsis, capítulo 21.
Lo que más me impactó
fue saber que ya no habrá
más enfermedades
ni tristeza ni muerte.
Nunca más.
Cuando una persona conoce la verdad,
quiere compartir
lo que ha aprendido con su familia.
Tenía muchas ganas
de enseñarles la verdad,
de explicarles
lo que tenían que hacer
para poder vivir sin injusticias,
enfermedades y muerte.
Es por eso
que ella deseaba tanto
y vio que era tan necesario
tener publicaciones en búlgaro.
Habló con los hermanos
del Betel de Brooklyn
y se ofreció a traducir algunas
de nuestras publicaciones al búlgaro.
Los hermanos le dieron permiso
para que lo hiciera
y le dijeron que comenzara
traduciendo algunos de los tratados.
En ese tiempo,
Bulgaria era un país comunista,
así que las publicaciones sobre Dios
o sobre la Biblia
estaban prohibidas.
Y, claro, no se podían
mandar por correo.
Por eso, cuando alguna publicación
estaba lista,
alguien tenía
que introducirla en el país.
Mi familia fue una de las familias
que se ofrecieron para hacerlo.
Para ir a Bulgaria viajábamos en tren.
Cada vez que íbamos a Bulgaria
llevábamos un montón de equipaje
porque nos quedábamos
dos meses y medio.
Pasábamos todo el verano ahí.
En las maletas,
en diferentes lugares,
escondíamos las publicaciones.
Viajar a un país
llevando publicaciones prohibidas
tiene sus riesgos,
es peligroso.
Llevábamos los tratados
en el equipaje,
y ellos sabían
que llevábamos algo.
Mi mamá se dio cuenta de que iban
a registrar nuestras cosas.
Así que, rápidamente,
sacamos todas las publicaciones
que habíamos escondido
en el equipaje
y las pusimos en una maleta pequeña.
Y las publicaciones
que no pudimos meter ahí,
como los tratados sin doblar,
las pusimos en nuestros brazos
y las cubrimos con los abrigos.
Quería que las publicaciones
quedaran bien escondidas
para que el guardia no las encontrara
porque, si las encontraba,
habría consecuencias.
Cuando los guardias
revisaron nuestras maletas,
lo revolvieron todo
y lo dejaron muy desordenado.
Entonces a mi mamá
se le ocurrió preguntarles:
“¿Me dejan ir para allá
y arreglar todo ese desorden?”.
Y ellos contestaron: “Está bien”.
Así que tomé los tratados que tenía
en mi brazo, debajo del abrigo,
y los puse en la maleta
que los guardias ya habían revisado.
Ya solo les quedaba revisar
mi maleta pequeña.
Recuerdo que uno de los guardias dijo:
“Esto es tan pequeño
que aquí no cabe nada”,
y entonces nos la devolvió.
Vi que el guardia se estaba
poniendo cada vez más nervioso,
porque él sabía
que llevábamos algo,
pero no era capaz de encontrarlo.
En otra ocasión,
años más tarde,
mi mamá viajó sola a Bulgaria.
Pero, esta vez, en la frontera,
los agentes encontraron
las publicaciones que ella llevaba.
La detuvieron,
la metieron en prisión
y la interrogaron todos los días
durante dos semanas o más.
Pero al final las autoridades búlgaras
cambiaron de opinión
y decidieron que, como ella
vivía en otro país, la deportarían.
Hasta el día de hoy,
mi mamá sigue
muy activa en la verdad.
Ella mantiene su rutina espiritual,
asiste a las reuniones,
se prepara para ellas,
lee la Biblia
y predica con entusiasmo.
Servir a Jehová
me ayuda cada minuto de mi vida.
Y quiero usar
hasta mi última gota de energía
para hablar de su propósito.