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Los chicos de azul y su amor por las reuniones

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En los años sesenta,
Sudáfrica comenzó a involucrarse
en conflictos armados
en algunos países vecinos.
Por eso, a muchos hermanos jóvenes
los llamaron para hacer
el servicio militar.
Pero, por su neutralidad,
fueron enviados a prisión.
Al principio, cuando enviaban
a los hermanos a la prisión,
les exigían ponerse el uniforme militar,
cosa que ellos se negaban a hacer.
Los hermanos pensaban
que con esa ropa los iban a confundir
con soldados que estaban presos,
y ellos no querían dar esa impresión.
Usaban uniformes azules,
y por eso los llamaban
“los chicos de azul”.
Todo el mundo sabía
que los chicos de azul
eran testigos de Jehová.
Al principio, encerraban
a los hermanos en celdas individuales
donde cumplían toda su condena,
así que se les hacía muy difícil
juntarse para las reuniones.
Uno de esos hermanos fue David Carikas.
Hace poco, David y yo nos reunimos
y hablamos de lo que vivimos
en la prisión.
Cuando yo llegué a la prisión,
no nos dejaban comunicarnos
entre nosotros.
Era como si estuviéramos
en celdas de aislamiento.
Querían que traicionáramos
nuestra fe; eso nos dijeron.
Había 64 celdas, 32 en cada lado.
Hacíamos una especie de minihamacas
y nos colgábamos de los barrotes
que estaban encima de la puerta.
Y entonces,
cuando todo estaba tranquilo,
hacíamos las reuniones.
Teníamos un programa espiritual
muy completo,
con el discurso público
y la Escuela del Ministerio Teocrático.
Hablábamos bajito,
pero lo suficientemente alto
como para escucharnos.
Los hermanos que estuvieron
encarcelados en la década
anterior a la mía
nos dejaron un gran ejemplo.
Ellos nos marcaron el camino.
Estos hermanos salían de la prisión
con una fe más fuerte.
Se les veía felices.
Eran una inspiración
para los más jóvenes como yo
que nos estábamos preparando
para cuando nos tocara ir a la cárcel.
Aunque estuve en la misma cárcel que tú,
las cosas eran un poquito diferentes.
Los fines de semana no estábamos
encerrados, y nos dejaban en paz.
Podíamos sacar nuestras sillas
o les dábamos vuelta a los baldes
o cubos que teníamos allí
y nos sentábamos en grupos
para celebrar nuestras reuniones;
incluso cantábamos las canciones.
Algunos hermanos hasta habían hecho
sus propios instrumentos musicales.
Así que los soldados estaban
acostumbrados a oírnos cantar.
Además, los fines de semana,
con mucho cuidado
podíamos conseguir toda la información
para las asambleas de circuito…
¡Guau!
… y las de distrito también.
Mira, en una de estas fotos
se ve a los hermanos
disfrazados para el drama.
Los presentábamos
a las seis de la mañana
porque así era más difícil
que nos descubrieran.
A los hermanos les encantaba
y se metían en la historia
del relato bíblico.
Claro, no queríamos
que los soldados vieran todo eso.
¡Es increíble cómo Jehová
nos siguió dando el alimento espiritual
incluso tras los muros
de aquella prisión!
Sí.
Las reuniones eran
muy importantes para nosotros,
dijeran lo que dijeran las autoridades.
Era algo en lo que no íbamos a ceder.
Sí, es verdad.
Nos mantuvimos fuertes
gracias al alimento espiritual
y al cariño y al ánimo
que nos dábamos unos a otros.
Así que los hermanos
hacían todo lo posible
por organizar las reuniones.
Y un buen ejemplo de eso
era la Conmemoración.
Cuando estaba en prisión,
les rogamos a las autoridades
que nos permitieran
celebrar la Conmemoración.
Pero su respuesta fue un rotundo no.
Así que decidimos
hacerlo sin su permiso,
aunque les seguimos preguntando.
De repente, el día de la Conmemoración
—un martes por la tarde—,
nos dejaron salir de las celdas
y nos dieron permiso para ducharnos,
algo que no nos permitían
hacer a esa hora.
Y nos dijeron: “Arréglense
para su reunión de esta noche”.
¿En serio?
Sí, y como a las siete de la noche,
en una pequeña capilla que había allí,
tuvimos la Conmemoración.
Cuando empezamos a cantar
—por cierto, cantamos a todo pulmón;
seríamos unos 125—,
a casi todos se nos llenaron
los ojos de lágrimas.
Después de la Conmemoración salimos,
y todavía recuerdo
aquella luna llena saliendo por el este,
por encima del cuartel militar
de Sudáfrica.
Lo sentimos como una victoria.
Si Jehová quería
que celebráramos la Conmemoración,
nadie podía impedirlo.
La verdad es que jamás olvidaré
aquella Conmemoración.
¡Qué increíble, David!
Las reuniones en la cárcel
hicieron que me diera cuenta
de que reunirnos con nuestros hermanos
no es un regalo que nosotros
le demos a Jehová,
sino un regalo que él nos da a nosotros.
Sin duda.
—Y es algo que nos une
—Sí,
de una manera muy especial.
la verdad que sí.
Necesitamos las reuniones.
Nos dan mucha fuerza.
Desde entonces veo las reuniones
como un regalo valiosísimo.
No nos las perdemos por cualquier cosa
y tratamos de estar allí en persona.
Escuchar a los hermanos expresar su fe
y a la vez poder hacer tú lo mismo
—expresar tu propia fe—
es una fuente de ánimo muy necesaria.
Las reuniones no son solo un grupo
de personas aprendiendo lo mismo.
Ahí encontramos una familia.
Y Jehová sabe que necesitamos
estar unidos y animarnos unos a otros,
“sobre todo [como dijo Pablo]
al ver que el día se acerca”.