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Mark Scott: Pongámonos metas que honren a Jehová (1 Cor. 9:26)

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El artículo de La Atalaya
del que está tomado
el comentario de hoy
se centra en la importancia
de fijarse metas,
así como en la felicidad
que sentimos al alcanzarlas.
En las Escrituras Griegas Cristianas,
la palabra skopos
se traduce como “meta”.
Quizás esa palabra griega
les suene un poquito,
porque forma parte
de palabras como microscopio,
telescopio…,
objetos que se usan
para poder enfocar
la vista en algo.
Por ejemplo,
un tirador profesional
usa una mira telescópica
para enfocarse en su objetivo.
Antes de disparar,
siempre la usa
porque quiere asegurarse
de dar en el blanco.
Pues, al igual que un telescopio,
una meta nos ayuda a enfocarnos,
nos ayuda a dirigir
nuestros esfuerzos,
a ver las cosas con claridad
y a que nuestra vida
tenga un propósito definido.
En 1 Corintios 9:26,
Pablo habla del valor
de tener claro un objetivo.
Noten lo que dice aquí:
“Por lo tanto,
no corro sin una meta
ni peleo dándole golpes al aire”.
Leamos también
la nota de estudio de ese versículo:
“Un cristiano tiene
que enfocar bien sus esfuerzos
y nunca perder de vista
su objetivo final:
la vida eterna”.
Y, en realidad,
es Jehová quien nos enseña
a ponernos metas.
Por ejemplo, en Efesios 3:11
se habla del “propósito eterno
que él estableció
en relación con el Cristo”.
Y la nota de estudio
de este versículo explica
que “en este contexto,
el término ‘propósito’ se refiere
a un determinado objetivo o meta”
que, en el caso de Jehová,
es hacer realidad
todo lo que tenía en mente
para la humanidad y la Tierra
pese a la rebelión.
La mayoría de ustedes,
que están viendo
o escuchando este programa,
se han puesto metas en la vida
y las han alcanzado.
Y los felicitamos por ello.
¿Y qué fue lo que los motivó
a ponerse la meta
de hacer algo más
en su servicio a Jehová?
Quizás alguien de su familia
les dio un buen ejemplo o los animó.
Veamos el caso
del hermano George Young.
Él era misionero
antes de que existiera
la Escuela de Galaad.
Este hermano solo tenía 53 años
cuando murió,
pero ya había servido en 15 países.
Pues bien, hace solo tres semanas,
mi esposa y yo tuvimos la oportunidad
de conocer a su bisnieto,
que sirve como voluntario de construcción
en el este de África
y que ya ha estado
en siete países diferentes.
Así que puede decirse
que, “de tal palo, tal astilla”.
Como le pasó a este hermano,
quizás a nosotros nos motivaron
las palabras
y el ejemplo de un familiar.
O quizás el que nos animó
fue un betelita
o un superintendente de circuito
o un misionero.
Como ellos hablan
de su servicio a Jehová
con tanto entusiasmo,
quisimos vivir lo mismo.
También nos pudo animar algo que dijo
“el esclavo fiel y prudente”.
Por ejemplo,
este artículo que se publicó
en el año 1979
y se titulaba
“Hombres jóvenes, ¿pueden aceptar
este privilegio especial de servicio?”.
En mi caso, fue lo que me motivó
a querer servir en Betel.
O quizás escuchamos un discurso
cuando asistimos
a una de nuestras asambleas regionales
y el discursante
con mucha franqueza
planteó una pregunta
que nos dejó pensando,
como esta:
“¿Serías capaz
de explicarle a Jehová
por qué no eres
precursor regular?”.
La pregunta es directa,
pero nos da mucho
en qué pensar.
¿Y qué hay de las biografías
de otros siervos de Dios?
Cuando mi esposa
empezó a estudiar la Biblia,
pasaba horas y horas
leyendo las experiencias
que aparecían en nuestras publicaciones.
Gracias a esas biografías,
ella se sintió motivada
a ponerse metas.
Bueno,
hemos visto que la motivación
para hacer más por Jehová
puede venir de distintas fuentes.
Claro, ponerse metas
requiere que seamos decididos,
disciplinados
y que trabajemos duro.
Ustedes han hecho todo eso,
y queremos felicitarlos.
Pero hay algo más
que podemos hacer:
animar a otros a ponerse metas.
Una simple pregunta
puede tener un efecto muy poderoso.
Por ejemplo, esta pregunta:
“¿Qué piensas hacer
cuando termines tus estudios
o cuando te jubiles?”.
Lo que estamos preguntando es
“¿Qué metas tienes?”.
Es cierto que no nos vamos a poner metas
sin analizar primero
nuestras circunstancias.
Pero tampoco queremos
que nos pase lo que dice
el principio de Eclesiastés 11:4.
Lo voy a leer de la versión
La Palabra de Dios para Todos.
Ahí dice: “Esperar el clima perfecto
nunca permitirá la siembra;
y creer que lloverá todo el tiempo
impedirá que se recojan las cosechas”.
Así que, para ponerse metas,
hay que actuar con decisión.
Les cuento la experiencia
de la hermana Malinda Keefer.
Cuando tenía 24 años,
le dijo al hermano Russell
que quería empezar a servir
de tiempo completo,
pero había algo que la frenaba.
Según ella, le parecía que no tenía
suficiente conocimiento bíblico
y que tenía que aprender más.
Y podemos entender
por qué se sentía así:
solo llevaba un año
leyendo las publicaciones
de los Estudiantes de la Biblia.
¿Qué le dijo el hermano Russell?
Su respuesta fue:
“Si quieres esperar
hasta que lo [sepas] todo,
jamás comenzarás;
[...] aprenderás a medida
que hagas el trabajo”.
Malinda no esperó más
y empezó el precursorado.
Llevaba 76 años como precursora
cuando falleció en 1983
a la edad de 100 años.
Al pensar en su vida, dijo:
“¡Cuán agradecida estoy
de que me ofrecí de buena gana
como precursora cuando [era] joven
y siempre puse los intereses del Reino
en primer lugar!”.
¡Qué buen ejemplo!
Pero hay un peligro
que hay que evitar
al ponerse metas:
no queremos que sean
demasiado generales.
¿A qué nos referimos?
Imagínate que le oras a Jehová y le dices:
“Jehová, ayúdame
a ser mejor persona,
mejor siervo tuyo”.
Bueno, eso es un poco general.
¿No sería mejor que le pidiéramos
algo específico como:
“Ayúdame a controlar mi mal genio.
Ya sabes cómo soy”?
O “Jehová, ayúdame a evitar
los pensamientos inmorales”,
“Ayúdame a servirte con alegría”,
y así por el estilo.
Esas son metas específicas.
Pero, ojo,
no nos vayamos al extremo de ponernos
metas demasiado específicas:
“Ay, Jehová,
si logro servir en Betel,
seré feliz de verdad”.
Eso es ponernos límites,
porque Jehová puede hacer
que seamos felices
sin importar dónde le sirvamos.
Seamos específicos,
pero no tanto que nos perdamos
otras oportunidades
que se nos presenten de hacer más.
Ahora bien, hay algo muy importante
que todos debemos tener en cuenta.
En 1 Timoteo 4:15,
Pablo dijo “que todos vean
claramente tu progreso”.
¿Pero tiene que ver el progreso
con recibir responsabilidades especiales
como ser anciano,
superintendente
de un departamento
o dar discursos en las asambleas?
Claro, si eres siervo ministerial,
seguramente tienes la meta
de llegar a servir como anciano
en tu congregación.
Y esa es “una labor muy buena”,
como dice 1 Timoteo 3:1.
Pero ser anciano
no es solamente
salir a la plataforma,
discursar y recibir aplausos.
No, es mucho más que eso.
Es hacer visitas de pastoreo.
Es escuchar con paciencia
a los que están deprimidos.
Es ayudar a los hermanos
y visitar a los enfermos
aunque no sea un buen momento para uno.
Es hacer todo lo posible
por corregir la forma de pensar
de alguien que ha pecado
aunque no lo agradezca.
Y lo hacemos con amor y alegría.
Lo que leemos en 1 Timoteo 4:12
nos ayuda a entender
lo que quiso decir Pablo
en el versículo 15
cuando habló de progresar.
1 Timoteo 4:12.
Dice: “Sé un ejemplo
para los fieles
por tu manera de hablar,
tu conducta, tu amor,
tu fe, tu castidad”.
Esas son cualidades
que todos debemos desarrollar.
Como dice Efesios 4:13,
todos debemos tener “la madurez
de un hombre adulto”
y alcanzar “la estatura plena del Cristo”.
La primera nota de estudio
de este mismo versículo aclara:
“Cada cristiano
debe esforzarse
por alcanzar la meta
de ser maduro”.
Si nos ponemos metas
que demuestran
nuestro amor por Jehová,
él estará contento.
Así que pongámonos metas
que contribuyan
a la santificación del nombre
de nuestro Padre celestial, Jehová.