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Paul Gillies: “Felices los que fomentan la paz” (Mat. 5:9)

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En Mateo 5:9, Jesús dio
una razón muy importante
por la que debemos esforzarnos
por buscar la paz.
Él dijo que los que fomentan la paz
son felices.
Y, claro, esto puede parecer fácil,
pero la verdad es que hacerlo
tiene sus desafíos.
Hoy vamos a centrarnos
en uno de ellos.
Lo encontramos
en el capítulo 3 de Santiago.
¿Qué les parece
si lo leemos juntos?
Santiago 3:5:
“La lengua:
aunque es una pequeña parte del cuerpo,
hace grandes alardes.
¡Y fíjense con qué pequeño fuego
se incendia un enorme bosque!”.
Y qué ciertas son las palabras
del versículo 8:
“Ningún ser humano
puede domar la lengua.
Es incontrolable y hace daño;
está llena de veneno mortal”.
Ese es el desafío:
controlar la lengua.
Es un reto que afrontamos
al buscar la paz.
La lengua es un órgano muscular
que nos permite comer, respirar y hablar,
y Santiago se estaba refiriendo
a la función de hablar.
La palabra española lengua
viene del latín lingua.
Y de ahí vienen otras palabras
que también usamos en español
como lingüística y lenguaje.
Y usamos muchas expresiones
que hacen referencia a la lengua,
como “lengua materna”,
“trabalenguas”,
“no tener pelos en la lengua”,
“morderse la lengua”
o “tener una lengua afilada”.
Y Santiago dijo que la lengua
es como un fuego,
con la capacidad
de hacer mucho daño.
Solo basta una pequeña chispa
para quemar un bosque entero.
Y, como somos imperfectos,
si queremos buscar la paz,
tenemos que esforzarnos mucho
por controlar la lengua
cuando nos ofenden.
Otra cosa que nos permite
hacer la lengua
es percibir sabores,
como el dulce, el salado,
el ácido y el amargo.
Con la punta de la lengua
sentimos el sabor dulce,
mientras que en los laterales
tenemos papilas gustativas
que nos permiten sentir
el ácido y el salado.
Pero el amargo lo sentimos
en la parte de atrás de la lengua,
cerca de la garganta.
Esa capacidad de saborear
también se compara en la Biblia
con el habla.
Por ejemplo, Job 34:3 dice:
“Porque el oído
prueba las palabras
así como la lengua
saborea la comida”.
Y todos conocemos
las palabras de Pablo
en Colosenses 4:6,
donde dijo lo siguiente:
“Que sus palabras
sean siempre agradables,
sazonadas con sal,
para que sepan
cómo deben responder
a cada persona”.
Así que las palabras
de quienes buscan la paz
deben ser de buen gusto.
Pero, claro, también son ciertas
las palabras de Santiago 3:10.
Ahí dice: “De la misma boca
salen bendición y maldición”.
En otras palabras,
de nuestra boca pueden salir
cosas dulces o amargas.
Tal vez digamos cosas amables
cuando estamos en la predicación
o en nuestras reuniones,
pero en casa o en el trabajo
quizá decimos cosas desagradables.
Y sabemos que eso no está bien,
¿pero por qué caemos en este error?
En Mateo 12:34
Jesús dijo algo muy sabio.
Él explicó que lo que decimos es un reflejo
de lo que sentimos y pensamos.
Dijo que de lo que abunda
en el corazón
es de lo que habla la boca.
Como dijimos, el amargo lo sentimos
en la parte de atrás de la lengua.
De la misma manera, de atrás,
de lo profundo de nuestro corazón,
es de donde salen
las palabras amargas,
que dejan un mal gusto
y que revelan lo que sentimos y pensamos.
Por eso, lo que decimos
y cómo lo decimos
demuestra lo que sentimos
por los demás.
Con lo que decimos
podemos demostrar
si respetamos a otros o no.
Pongamos como ejemplo
lo que vemos en esta imagen.
En la parte izquierda
vemos a una hermana
que está soltando
palabras hirientes o amargas
contra otra hermana.
Lamentablemente,
una vez que hemos dicho algo
no podemos borrarlo,
no podemos deshacerlo.
Así que, cuando herimos
a alguien que queremos
con nuestras palabras,
tenemos que aprender
a decir “lo siento”,
pero debe ser de corazón,
debemos sentirlo de verdad.
Eso es lo que está haciendo
nuestra hermana
en la parte derecha de la imagen,
después de haber meditado
en lo que la Biblia dice sobre el tema.
Ahora leamos juntos
lo que dice Proverbios 12:18.
Aquí se nos da
una muy buena razón
para pensar antes de hablar:
“Las palabras dichas sin pensar
son como los golpes de una espada,
pero la lengua de los sabios
cura las heridas”.
La lengua puede causar
heridas profundas.
Las palabras hirientes
dichas sin pensar
pueden dejar cicatrices emocionales
que duren mucho tiempo.
Y, cuando estamos desanimados,
puede que recordemos
esas palabras.
¿Les ha pasado eso,
que, cuando están desanimados,
comienzan a pensar en algo hiriente
que alguien les dijo
hace mucho tiempo?
Pero las palabras pueden curar
si hablamos con sabiduría
y promovemos la paz.
Veamos un ejemplo de la Biblia
que nos ayuda a entender este punto.
Cuando pensamos en Job,
solemos pensar
en sus heridas físicas,
pero parece que las palabras
le causaron tanto dolor
como su enfermedad.
En Job 19:2
leemos lo que se ve en esta imagen.
Aquí vemos a Job
y a sus tres supuestos amigos.
En el versículo 2 Job explica
cómo lo hizo sentir
lo que le dijo Bildad.
Él dice:
“¿Hasta cuándo seguirán ustedes
irritando mi alma,
aplastándome con palabras?”.
Si se fijan, él dijo
que lo estaban aplastando;
no dijo simplemente
que lo habían hecho sentir mal,
sino que lo estaban aplastando
con sus palabras.
¡Imagínense!
Hay casi nueve capítulos completos
del libro de Job
llenos de las palabras
que dijeron estos hombres,
que supuestamente
querían consolarlo.
Pero en realidad
le causaron mucho dolor.
Y qué mal debe haberse sentido
de que ni siquiera usaran su nombre.
Seguro que nosotros
nos habríamos sentido
igual de mal.
Job tenía dos opciones.
Con lo mal que se sentía
con lo que estos hombres
le habían dicho,
él podría haber pensado
en su interior:
“Si algún día salgo de esta,
me voy a vengar
de estos tres ‘amigos’”.
Pero no hizo eso;
más bien, fomentó la paz.
Veamos cómo lo hizo en Job 42:8.
La imagen que vemos en pantalla
nos ayuda a imaginarnos lo que pasó.
Más o menos en la mitad del versículo,
vemos que Jehová dice sobre Job:
“Mi siervo Job orará por ustedes”.
En cierto sentido,
con estas palabras
Jehová le estaba haciendo ver a Job
que, para hacer las paces
con estos supuestos amigos
y no guardarles resentimiento,
tenía que orar por ellos.
Y es muy interesante
que Jehová le pidiera esto a Job,
porque una de las cosas más difíciles
que tiene que hacer
quien busca la paz
es orar por quien le ha hecho daño.
Como vemos en el versículo 10,
solo después de que él
orara por sus amigos,
“Jehová acabó con el sufrimiento de Job
y le devolvió la prosperidad
que había perdido”.
Hacer esto le permitió a Job
dejar atrás el resentimiento
y seguir con su vida.
Ahora podía concentrarse en el futuro.
Por lo que leemos en la Biblia,
al parecer vivió feliz
el resto de su vida.
Pero lo más importante
es que actuar así
le permitió estar en paz con Jehová.
Así que somos felices de verdad
cuando nos esforzamos
por fomentar la paz y perdonarnos
en vez de buscar venganza.
Pero ahora vamos a hablar
de otra forma
en la que podemos fomentar la paz.
¿Qué debemos hacer
cuando vemos que un amigo
está hiriendo a otros?
¿Lo pasamos por alto
o tratamos de promover la paz?
Fijémonos en lo que dijo el rey David
aquí en Salmo 141:5.
Vamos a concentrarnos
en la primera parte del versículo.
Salmo 141:5 dice:
“Si me golpeara alguien justo,
sería un gesto de amor”.
Golpear a un amigo
no suena como que estemos
buscando la paz, ¿cierto?
De hecho, muchas veces
evitamos corregir a un amigo
porque tenemos miedo
de que se lo tome mal
y que eso afecte o incluso dañe
nuestra amistad con él.
Es curioso que las personas
que suelen hacer o decir cosas
que ofenden a otros
son las que normalmente
se enojan más rápido
cuando se las corrige.
Pero, si somos buenos amigos,
le daremos a esa persona
el consejo que necesita.
Pensemos en cómo se cura una herida.
Quizás tengamos
que ponernos algo
que al principio nos duela.
De la misma manera,
puede que a un amigo
al principio le duela
lo que le digamos.
Pero lo bueno es que,
si nuestro amigo
pone en práctica el consejo,
su relación con los demás va a mejorar
y nosotros nos sentiremos contentos
de haber fomentado la paz.
Algunos dicen que el perro
es el mejor amigo del hombre
porque mueve mucho su cola
y no tanto su lengua.
Por otro lado, hoy nosotros
moveremos mucho la lengua
porque vamos a conversar bastante.
Pero recordemos que,
si queremos fomentar la paz,
tenemos que esforzarnos
por que nuestras palabras
siempre estén “sazonadas con sal”.