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“Oh, Jehová, en ti confío”

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(Ezequías)
Oh Jehová nuestro Dios,
sálvanos de su mano
para que sepan
todos los reinos de la Tierra
que solo tú eres Dios,
oh Jehová.
Así que David
no era mucho mayor
que ustedes
cuando peleó con Goliat.
¿Se imaginan peleando
con un gigante así?
¿Era muy grande,
rey Ezequías?
Así de alto.
Sus hombros eran así,
y su espada,
afilada y así de larga.
David tendría miedo.
(Ezequías)
Un poco.
Pero ¿sabes
lo que le dijo a Saúl?
Dijo: “Maté un oso
y un león.
Jehová me ayudará
a matar a Goliat”.
¿Qué pasó luego?
¡Yo sé!
David metió
cinco piedras en un bolso
y dijo: “Voy a ti
con el nombre
de Jehová”.
Sacó una piedra
de su bolso,
la lanzó con fuerza
a la frente de Goliat
y lo mató.
Y le cortó la cabeza.
Quiero ser valiente
como David.
Podrás, si confías en Jehová
como hizo David.
Y recuerden:
con Jehová de nuestra parte,
todo es posible.
Rey Ezequías, ¡mira!
¿Qué llevas ahí?
La encontré
en el jardín de allí.
No puede volar.
¿Qué hago?
Es una tórtola.
Quizá cayó de su nido.
Tendrías que
abrigarla bien,
y prométeme una cosa...
Señor, ¿puedo hablarle?
¿Qué pasa, Jahziel?
Ha llegado
un hombre de Samaria.
¿Es lo que esperábamos?
Llévenlo a la Sala del Consejo.
Llamen a mis consejeros.
A Isaías también,
pero con discreción.
No hay que crear pánico.
Rey Ezequías,
¿qué es lo que
debo prometer?
Ah, sí.
Es muy importante.
Prométeme que
no la dejarás enjaulada.
Cuando se cure, libérala.
Lo prometo.
Bien.
Hasta luego.
¡Adiós!
(Niños)
¡Adiós!
¡Mi señor, el rey!
(Ezequías)
De pie.
Soy tu hermano.
Este es Jahziel,
del ejército.
Mis consejeros:
Eliaquim y Sebnah.
Y aquí está Isaías.
¿Cómo te llamas?
Me llamo Joel, mi señor.
Dime, ¿qué pasó
en Samaria?
Los asirios
penetraron las murallas.
Iban cortando manos,
brazos, cabezas...
Sacaron
a los líderes de la ciudad
y los desollaron vivos.
¿Cómo escapaste?
Me disfracé de soldado asirio.
¿Y los sobrevivientes?
No logré ver mucho.
Pero los asirios
estaban agrupándolos.
Creo que
se los llevaron cautivos.
Les ataban las manos
con bandas de cuero.
¡Mi esposa, mi amada!
¡Y mis hijos, y mi niña!
(Eliaquim)
Señor, están llegando
más del norte.
¿Cuántos?
Más de cien, hasta ahora.
Cuánto lo siento,
mi hermano.
Eliaquim,
denle comida y hospedaje.
Atiéndanlo bien.
Y a los que
van llegando, también.
(Eliaquim)
Sí, mi señor.
Gracias.
Gracias.
Tres años
de asedio asirio contra Samaria.
Tres años encerrados.
Nos puede pasar
a nosotros también.
(Jahziel)
¿Por qué Jehová
permitiría algo así?
Sucedió
porque Samaria
rompió su pacto
con el rey de Asiria.
No pagaron el tributo,
igual que nosotros.
Más bien les pasó
porque pecaron contra Jehová.
(Isaías)
Así es.
Desde el reinado de Omrí,
en Samaria
se adoran dioses falsos.
Es verdad, pero...
Se convirtieron
en idólatras.
Jehová predijo
que eso traería
malas consecuencias, pero
vez tras vez
rechazaron su advertencia.
¿Quieres decir que es
un castigo de Jehová?
Si hubieran sido
leales a Jehová,
esto no les habría pasado.
Lo que pasó
en Samaria no nos sucederá.
Nosotros rompimos
el lazo de Asiria.
Confiamos en Jehová.
Claro que confiamos en Jehová.
Claro que sí.
Pero también
hay consecuencias.
Los asirios
nos atacarán.
Hay que tomar medidas.
¿No dijo Salomón:
“El que ve el peligro
hace algo al respecto”?
Quizá pedir a Egipto que...
¡No!
Recuerda la historia, Sebnah.
El rey Asá confió en Siria,
y Jehosafat se alió con Acab.
Jehová reprendió a ambos.
Lo primero es atender
a los refugiados de Samaria.
Veamos
lo que se puede hacer.
Oh gran rey, han traído
el tributo del rey Asardín:
10.000 reses, 5.000 ovejas,
2.000 camellos, 1.000 caballos,
300 carretas
con hierro de sus depósitos,
10 talentos de...
(Senaquerib)
¿300?
¿300 carretas con hierro?
Exigimos 500.
El rey suplica que
le tenga un poco de paciencia.
Pide disculpas por la demora.
No necesito excusas.
Quiero el hierro.
Sin hierro,
no tengo ejército.
Sin ejército, no tengo
esclavos en los campos.
Suplica que lo espere.
Debería rogar por su vida.
Mata a sus hijos.
Dile que haré lo mismo
con él si no me envía
los otros 200 carros
en menos de 60 días.
Como quieras, señor.
¿Y esto?
¿Por qué Judá
no envió tributo?
Ah, sí.
El rey de Jerusalén
se niega a pagar.
¿Se niega?
Sí, es el rey Ezequías.
No es como su padre Acaz
que era leal a nosotros.
Venció
ciudades filisteas aliadas,
incluso Eqrón.
Tu leal siervo, el rey Padi,
está preso en Jerusalén.
¡Ezequías!
¿Te atreves a desafiarme?
¡No sabes lo que te espera!
(Rizía)
Los informes muestran
que el enemigo
sigue avanzando.
Ya domina
el territorio del norte.
Parece que
seguirán conquistando
ciudades al sur
y al oeste de aquí.
(Eliaquim)
Señor,
hay ciudades
que se rinden sin pelear,
el enemigo se lleva
muchos cautivos.
Torturan y asesinan
para amedrentar.
Así las ciudades
les abren las puertas.
Es probable que los asirios
lleguen a Jerusalén por el sur.
Pero antes de venir aquí,
necesitan derrotar a Lakís.
Si no, la tendrían
en la retaguardia.
(Jahziel)
¿Y Egipto puede con ellos?
Es posible que sí.
(Sebnah)
El ejército egipcio es fuerte.
Quizá es el momento
de formar una coalición.
Con Egipto
y Lakís de nuestro lado,
podemos hacer
fuerza contra Asiria.
Nada de alianzas con Egipto.
Pero sí hay que prepararse.
Rizía,
tú comandas el ejército,
¿qué sugieres?
No podemos derrotarlos
en campo abierto.
Debemos resistir un asedio.
Hay que reforzar los muros.
Sugiero levantar
una segunda muralla,
para mayor protección.
¿Qué más?
Más escudos
y armas de defensa.
Aprobado.
Y está la cuestión del agua.
Ya pensé en eso.
El agua llega
al campo fuera de la ciudad.
Los ingenieros
sugieren hacer un túnel
para llevarla hasta Siloam,
dentro de los muros.
Si los asirios llegan,
¿por qué regalarles el agua?
Hay que actuar ya.
Haz los preparativos.
Hermanos,
no temamos al rey de Asiria
ni a la muchedumbre con él;
porque con nosotros
hay más que con él.
Con él está un brazo de carne,
pero con nosotros,
está Jehová nuestro Dios
para pelear nuestras batallas.
Señor...
Padi, rey de Eqrón,
pide hablar contigo.
¿Pediste
hablar conmigo, Padi?
¿Qué quieres?
Exijo que me liberes
y me lleves a Eqrón
para recuperar mi reinado.
¿Y eso por qué?
Los asirios ya vienen.
Déjame ayudarte.
Puedo hablar
al rey Senaquerib en tu favor.
Me conoce.
Quizá te
tenga compasión.
No besaré los pies
del que esclavizó
y asesinó a mi gente.
No soy como tú.
Eres despreciable.
Despreciable,
pero listo, Ezequías,
y tú eres un tonto.
Ni te imaginas
las cosas horribles
que vienen sobre tu pueblo.
Los asirios
son como langostas,
una plaga que devora todo.
Derriban muros,
torturan hombres,
violan mujeres,
degüellan niños.
¿Y qué crees que
harán contigo, Ezequías?
Ni te imaginas
lo que te harán.
Y para esto me llamaste.
Ya verás, Ezequías.
Lo que viene es horrible.
¡Ya verás!
¡Ya verás!
¡Ya verás!
¡Tú!
¿Qué has hecho?
¡Nos vas a matar!
¡Los asirios vienen!
¡Nuestros hijos!
¡Los niños morirán!
¡Asesino!
¡Asesino!
Isaías,
tú me conoces bien.
Siempre me das
consejo y guía...
Me siento angustiado.
Son tiempos críticos.
Ven, por favor.
Dime,
¿qué te angustia?
Ciudad tras ciudad
cae ante los asirios.
Ya lo sabes.
Creo que soy culpable.
Sebnah me advirtió
de las consecuencias
de rebelarnos
contra Asiria, y era verdad.
Tanta gente sufre,
por mi culpa...
¿Fue un error
rebelarnos contra Asiria?
Nunca es un error
confiar en Dios.
Tu padre fue un títere
en las manos de Asiria.
Pero tú siempre
has confiado en Jehová.
Desde que eres rey,
luchas por restaurar
la adoración a Jehová.
Reparaste el templo,
derribaste pilares sagrados,
lugares altos y altares,
y postes sagrados.
Había que hacerlo.
Y ahora, siempre estás
con la gente de la ciudad,
animándolos a ser leales.
Y tú también.
Pero ahora
sufren en otras ciudades.
¿Por qué?
Creo que sabes la respuesta.
Pero déjame
mostrarte algo.
Me lo diste
cuando eras un niño,
aprendiendo a escribir.
¿Todavía lo tienes?
“En ti cifro
mi confianza, Jehová.
Tú eres mi Dios”.
Un salmo de David.
Sí.
Siempre has
confiado en Jehová,
y él te ha bendecido mucho.
Leo la Ley todos los días.
Ya sabes que la Ley habla
de las consecuencias
de la deslealtad.
Hay mucha deslealtad
en el pueblo.
Has hecho reformas,
pero el pueblo las apoya
con poco entusiasmo.
Sigo pensando
en lo que dice la Ley,
que Jehová castiga
a generaciones futuras
por el error
de sus padres.
Mi padre
adoró muchos ídolos.
Sacrificó a mis hermanos
a un dios cananeo.
Lo recuerdo bien.
Fueron
años horribles.
¿Jerusalén sufrirá el castigo
por otras generaciones?
Confía en Jehová, Ezequías.
Él nunca abandona
a los que le son leales.
Quiero más fe.
Guárdalo, Ezequías.
No olvides lo que
escribiste cuando eras niño.
Tu lealtad sirve
de buen ejemplo, Ezequías,
no solo para el pueblo hoy,
para el futuro también.
(Rizía)
No queda ninguna duda,
Lakís caerá.
Los asirios
llevan máquinas de asedio
y derriban
con arietes los muros,
y sus soldados
tratan de escalarlos.
Vienen a Jerusalén.
Rizía, dime,
¿y Jerusalén resistirá?
Tenemos agua,
mucho alimento,
muros fuertes,
podemos defenderlos,
estamos preparados.
También lo estaban en Lakís.
Eliaquim,
¿cómo está el ánimo
de la gente en Jerusalén?
Tienen mucho miedo,
Ezequías, y con razón.
No tienen dónde huir.
Muchos dicen que
debemos rendirnos.
No les vamos
a abrir la puerta
a esos enemigos
para que profanen el templo.
¡Jamás!
Jehová nos salvará,
como lo hizo
con su pueblo en el mar Rojo.
Jehová
no salvó a Samaria.
No salvó a las ciudades
y pueblos de Judá.
Y parece que
no salvará a Lakís.
¿Hasta cuándo...?
Hay que tener fe
en que Jehová dará la salida.
¿Qué tal
si aliarse con Egipto
era la salida,
pero no la aprovechamos?
Quizá tenemos otra opción.
Senaquerib nos ataca porque
no le pagamos el tributo anual.
Si le damos dinero...
No.
Si le pagamos, tendremos
que hacer lo que él quiera.
Si pagamos tributo,
no tendremos que rendirnos,
ni tampoco pelear.
¿No será la respuesta
que esperamos?
Está bien.
Jahziel,
te encargo
que vayas de emisario
al ejército asirio.
Ve a Lakís y averigua
qué piden a cambio de retirarse.
No les prometas nada.
El gran Senaquerib
ha aceptado la propuesta.
Exige que le traigan aquí
300 talentos de plata
y 30 talentos de oro.
¿Y el rey Senaquerib
no acepta una cantidad menor?
¡Aquí no se viene a regatear!
Nuestro rey nos autoriza
a pagar un cuantioso tributo,
pero piden demasiado.
Da gracias que
el rey no pidió tu cabeza.
Si no traen el dinero,
lo iremos a buscar,
y los mataremos.
Y otra cosa:
deben liberar al rey Padi.
La voluntad de nuestro rey
es que regrese a Eqrón.
Al recibir el dinero,
¿los asirios dijeron algo?
No, nada.
Solo se quedaron con el tesoro.
¿Y Jahziel?
Los asirios
no lo dejaron volver.
No dijeron por qué.
No me gusta.
Le puede pasar algo.
(Sebnah)
Ojalá no.
Pero le doy gracias.
Logramos un pacto.
Jerusalén se salvó del sitio.
Costó caro.
No nos queda dinero.
Pero eso
nos salvó la vida.
(Soldado asirio)
¡Inclínate ante el rey!
(Rabsaqué Adar)
Señor, la espada de él.
Con que eres
el hombre de Jerusalén,
y esta es tu espada.
Es de bronce,
no de hierro.
En Nínive,
los niños
juegan con espaditas así.
Me da curiosidad ese “rey” tuyo.
¿Quién cree él que
vendrá a protegerlo de mí?
¿Qué opinas,
Rabsaqué Adar?
Cree que Egipto lo salvará.
¿Es verdad,
hombre de Jerusalén?
No, qué va.
¿No?
El rey confía...
Confiamos en Jehová.
[Riéndose]
Claro, Jehová.
¿Esperas que él te salve?
Si crees que
tu Dios te salvará, dime,
¿por qué
me traen plata
y oro para que
yo no los ataque?
Pero hablemos
más de Jehová.
¿No era Jehová
el Dios de Samaria,
y mi padre
la redujo a escombros?
¡Contéstame!
Sí.
¿Y no es Jehová
el Dios de las ciudades
de Judá
que yo he conquistado?
Sí.
¿Y no es Jehová
el Dios de Lakís,
ciudad que
aplastaré sin piedad?
Sí.
[Riéndose]
[Riéndose]
No te oigo.
Sí.
Jehová, tu Dios, ¡es débil!
Se arrastrará
ante mi dios Asur,
como tú
te arrastras ante mí.
Dime,
¿me tienes miedo?
No.
No temo a la muerte.
[Riéndose]
¡Qué valiente!
Los hombres de Lakís
tampoco le temen,
la aceptan;
es más, la desean.
Él te llevará a ellos
para que veas
lo creativos que somos
al disciplinar
a los que nos provocan.
Luego, te enviaré
a Jerusalén
para que les cuentes.
Cuando tu gente sepa
lo que les hacemos
a los rebeldes,
nos abrirán
las puertas de par en par.
Teníamos un trato.
¿Soy una mula,
para que me puedan comprar?
¡No toleraré la rebelión!
Llévenselo de aquí.
[Recordando]
“En ti cifro
mi confianza, Jehová.
Tú eres mi Dios”.
Un salmo de David.
[Recordando]
David tendría miedo.
Un poco. Pero ¿sabes
lo que le dijo a Saúl?
“Jehová me ayudará
a matar a Goliat”.
David metió cinco piedras
en un bolso y dijo:
“Voy a ti con
el nombre de Jehová”.
[Recordando]
Quiero ser valiente
como David.
Podrás, si confías
en Jehová como hizo David.
[Recordando]
Y recuerden: con Jehová de
nuestra parte, todo es posible.
(Ezequías)
Jahziel,
¿estás bien?
(Eliaquiam)
Tienes mal aspecto.
Estoy bien.
Los asirios
nos traicionaron.
Ya vienen.
(Mensajero judío)
¡Mi señor!
Hay un gran ejército asirio
frente a la ciudad.
Exigen hablar contigo.
Atiendan bien
a este hombre.
Descansa, Jahziel,
bien hecho.
Luego hablamos.
Debo dar la cara.
No, mi señor.
No salgas.
¡No!
Te secuestrarán.
Yo voy.
(Ezequías)
Llévate a Sebnah
y Joah el registrador.
No les respondan nada.
Escuchen e infórmenme.
Esto es lo que el gran rey,
el gran rey de Asiria, dice:
“¿Cuál es la base
de tu confianza?”.
Dices: “Tengo una estrategia
y poderío para la guerra”,
pero son palabras vacías.
¿En quién pones
tu confianza,
para que te atrevas
a rebelarte contra mí?
Ahora,
¿será sin autorización de Jehová
que he subido contra
este lugar para arruinarlo?
Jehová mismo me dijo:
“Sube contra este país,
y arruínalo”.
Habla con tus siervos
en el lenguaje arameo,
porque lo podemos entender;
no nos hables
en el lenguaje de los judíos
a oídos de la gente
que está sobre el muro.
¿Es solo
a tu señor y a ti
a quienes
me ha enviado mi señor
a hablar estas palabras?
¿No es también
a los que están sobre el muro,
que comerán
su propio excremento
y beberán
su propia orina con ustedes?
[Riéndose]
No escuchen a Ezequías,
porque esto es lo que dice
el rey de Asiria:
“Hagan las paces conmigo
y ríndanse,
y cada uno comerá
de su propia vid
y de su propia higuera”.
“Acaso los dioses
de las naciones
han librado sus países
de la mano del rey de Asiria?
¿Cuál de todos los dioses
ha librado a su país
de mi mano, para que Jehová
pueda salvar a Jerusalén
de mi mano?”.
Le informaremos
a nuestro rey.
(Ezequías)
¿Dijo algo más?
No, solo eso.
¿Qué dice
la gente en la ciudad?
(Sebnah)
Están aterrados.
Creían —creíamos—
que nos dejarían en paz.
Hay quien
quiere rendirse,
pero muchos están
pendientes de tu decisión.
Rizía,
¿cómo ves la situación?
Hemos hecho
lo posible por prepararnos.
Pero sus máquinas de asedio
son enormes.
Jerusalén
resistirá por un tiempo,
pero sin la ayuda
de Jehová, estamos perdidos.
¿Cuánto puede
durar el asedio?
Sitiaron Samaria
por tres años.
Parece que tienen una red
que suministra comida
y agua a sus tropas.
Hermanos,
debemos recordar que Jehová
es capaz de salvarnos
como lo hizo en el pasado.
La Palabra de Dios...
¡Rey Ezequías!
¿Aún no ves la realidad?
¡No hay escape!
Somos aves enjauladas.
¡O abrimos la jaula,
o la mantenemos cerrada
hasta que Senaquerib
la rompa!
¿Hasta tú insinúas
que nos rindamos?
No entregaré
la ciudad santa de Jehová
a hombres
que se mofan de Dios.
Que van a profanar
el templo de Jehová
y llevarse
de botín el arca del pacto.
(Ezequías)
¡No!
No nos rendiremos.
Todas las ciudades de Judá
han sido vencidas.
Hay miles de cautivos:
hombres, mujeres, niños.
Los asirios
están a las puertas,
¿y sigues creyendo
que no va a pasar nada?
¿Es que no entiendes?
Vas a destruir lo que
tanto quieres proteger:
el templo, Jerusalén,
nuestras vidas.
Sebnah,
no niego que
estamos en peligro.
También me aterra.
Si Jehová deja
que Jerusalén caiga,
que así sea.
Pero ¿por qué
entregar lo que es de Jehová?
Oh, Jehová nuestro Dios,
mira nuestra angustia.
Oye cómo
el enemigo se burla de ti.
Solo tú nos puedes liberar.
Solo tú eres el Supremo.
Hazlo por tu santo nombre.
Por favor, ayúdanos.
Dame valor para seguirte.
Vayan donde Isaías.
Vayan con ancianos y sacerdotes.
Vístanse de saco
y pregunten a Isaías
qué dice Jehová.
(Eliaquim)
Isaías, hermano,
Ezequías te dice:
“Hoy es día de angustia.
Tal vez Jehová tu Dios
oiga las palabras
del rabsaqué, a quien
el rey de Asiria envió
para desafiar a Dios,
y le pida cuentas por lo que
Jehová tu Dios ha oído.
Así que haz oración a favor
de los que han sobrevivido”.
Esto es lo que dice Jehová:
“No tengas miedo
por las palabras que oíste,
con las que
blasfemaron contra mí
los servidores
del rey de Asiria.
Le he puesto
una idea en su mente
y oirá un informe
y regresará a su tierra,
y haré que caiga
a espada en su propia tierra”.
Gracias, Isaías.
Gracias.
¡Asirios en la puerta!
Es un mensaje para Ezequías,
de Senaquerib, rey del mundo.
Soy Ezequías.
¿Qué tienes que decirme?
El poderoso Senaquerib,
bendito de los dioses, te dice:
“No dejes que tu Dios en quien
confías, te engañe, al decir:
‘Jerusalén no será dada
en la mano del rey de Asiria’.
¡Mira! Ves lo que
los reyes de Asiria
hicieron a otras tierras,
al darles destrucción.
¿Y tú serás librado?
¿Libraron los dioses
a las naciones
que mis padres arruinaron?
¿Dónde están
Gozán, Harán, Rézef,
y los hijos de Edén
que estaban en Tel-asar?
¿Dónde está el rey de Hamat,
el rey de Arpad,
y el rey de las ciudades
de Sefarvaim,
de Hená, y de Ivá?”.
Oh Jehová el Dios de Israel,
que estás en tu trono celestial,
tú eres el Dios verdadero
sobre toda la Tierra.
Oye lo que Senaquerib
dice burlándose de ti.
(Ezequías)
Los reyes de Asiria devastan
las naciones y sus tierras.
Pero ahora, Jehová
nuestro Dios, por favor,
sálvanos de su mano
para que sepan todos los reinos
de la Tierra que tú solo
eres Dios,
oh Jehová.
¿Dice algo Isaías?
(Mensajero judío)
Sí, señor.
Este es el mensaje de Jehová
en contra del rey de Asiria:
La virgen de Sión
te desprecia,
se burla de ti.
La hija de Jerusalén
menea la cabeza.
¿Contra quién blasfemas?
¡Contra el Santo de Israel!
Tu furia
y tu rugido contra mí
han subido a mis oídos.
Pondré mi garfio en tu nariz
y mi freno en tus labios,
y te conduciré
de vuelta por donde viniste.
¡Rabsaqué Adar!
¡Adar!
¿Qué haces durmiendo?
[Llorando]
¡Señor!
¡Señor!
¡Señor!
Bajé a buscar
al Tartán
como ordenaste.
¡Y está muerto!
¡Muerto!
Muerto.
No hay huellas.
Todos muertos.
Ninguna herida.
He estado en guardia, señor,
toda la noche, mi rey,
¡lo juro!
¡No oí nada!
¿Qué vamos a hacer?
¡No vi nada!
¡Señor!
¿Quién hizo esto?
¡Jehová!
¡Jehová!
¡Señor!
¡Señor!
¡Señor!